Ásylon, la Dimensión Oculta
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El Despertar

La oscuridad envolvía a Gaia. El pasado no importaba, el futuro no existía y el presente la precipitaba hacia una noche eterna de sueños inquietos. Súbitamente, un cegador haz de luz rasgó el velo negro de terciopelo. Lentamente, sus ojos se abrieron y su mente consciente comenzó a rememorar el frenesí de sus últimos recuerdos. El eco de una batalla resonó lejano en su cabeza y el dolor lacerante de un ataque certero atravesó de nuevo su pecho. La insoportable sensación se vertió sobre ella como un jarro de agua fría y la arrancó definitivamente de su mundo de ensueño. La ninfa se palpó nerviosamente el lugar en el que había recibido la fatídica herida y constató incrédula que ésta había sanado inexplicablemente. Las últimas imágenes de la refriega en que se había visto involucrada acudieron entonces a su mente. En ellas el túnel en que se encontraba rebosaba furia asesina en plena ebullición; sin embargo, en ese momento una calma sepulcral había tomado posesión de aquel paraje en penumbra, para darle la bienvenida en su despertar.

Solitarias gemas de halitater iluminaban con su luz mortecina los recovecos de las entrañas de la tierra, arrojando sombras sobre el suelo y desvelando un claroscuro de dolor y muerte. En el suelo yacían los despojos inertes de los caídos en combate. La ninfa recorrió con la mirada los cuerpos. Los cadáveres de las arañas gigantes resultaban particularmente desagradables. Fragmentos del rígido y brillante caparazón que recubría todo su cuerpo y extremidades se hallaban diseminados a lo largo y ancho del túnel, derramando sus inmundas entrañas sobre la superficie que una vez habían hollado e inundando el ambiente con el hediondo olor de sus fluidos internos. Sus jinetes, los duendes, reposaban junto a sus amadas criaturas. Algunos incluso parecían haber intentado consolar a sus monstruosas monturas en sus estertores. Un espectador desconocedor de la idiosincrasia de aquella raza encontraría ridícula tal posibilidad. ¿Cómo podía un ser inteligente albergar afecto alguno por criaturas de aspecto tan aborrecible? Indudablemente, era necesario abordar la cuestión con una mentalidad abierta.

La simbiosis entre arañas y duendes de las raíces se remontaba al momento en el que éstos últimos alcanzaban su madurez. En ese período crucial de su existencia debían afrontar un rito de paso a la edad adulta, en cuyo contexto capturaban y domesticaban una de las arañas gigantes que poblaban los interminables pasadizos subterráneos. Desde ese instante, jinete y montura establecían un lazo inquebrantable que marcaba el resto de sus vidas. Ambos se brindaban compañía, protección y cuidados mutuos y, si era necesario, ambos luchaban juntos. No parecía aquél el proceder de seres y criaturas insensibles. Puede que su apariencia externa no fuese en absoluto atrayente, pero su interior era mucho más bello y armonioso que el de la mayoría de los ilustres políticos de rostro amable que habían enviado a Gaia y a muchos otros para exterminarlos, en aras de la siempre incuestionable preeminencia del bien común. ¿Cuántos desmanes se habían cometido bajo los auspicios de tan cacareada proclama? Gaia sentía que había perdido el norte.

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