Ásylon, la Dimensión Oculta
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Chrysaor

Sobre las copas de los árboles centenarios una nave atípica levitaba silenciosamente. El extraño artefacto tenía forma de criatura marina: una especie de leviathán abisal de proporciones ciclópeas que surcaba los cielos en lugar de las profundidades de los océanos. El morro de la gigantesca y estilizada nave estaba recubierto de enormes cristales y en su interior se ubicaba el puente de mando de aquel artefacto inverosímil.

Desde aquella privilegiada atalaya, la solitaria figura de un prometeo observaba atentamente las consecuencias de la cruenta batalla que había tenido lugar sobre la superficie del bosque y bajo ella. Desde allí podía divisarse claramente cómo elfos y duendes se afanaban en completar el triste cometido de reunir a los cadáveres de las víctimas del funesto suceso. Algunos individuos eran presa del abatimiento y permanecían inmóviles y cabizbajos entre los cuerpos inertes tendidos sobre la hierba. Otros vagaban temerosos entre las filas ordenadas de incontables muertos, parándose ocasionalmente para examinar más detenidamente sus despojos. De cuando en cuando, alguno de los errantes se desmoronaba y rompía a llorar sobre el cuerpo sin vida de un ser querido. La guerra cobraba un alto precio a todos los que se veían involucrados en ella.

Chrysaor lo sabía mejor que nadie. Había vivido mucho, casi mil años, y había asistido infinidad de veces a escenas como aquella. El ardor idealista y el ánimo exaltado previos a una batalla eran sofocados pronto bajo la lluvia de sangre que bañaba a todos sus participantes por igual. La pasión daba paso al dolor y a la muerte, y éstos, a su vez, al desconsuelo de familias que lloraban la pérdida de sus amantes, de sus hijos, de sus nietos… Una insoportable cadena de sufrimiento infinito, cuyos pesados eslabones eran arrastrados hasta el final de sus días por aquellos que sobrevivían a las víctimas.

Ninguna razón alcanzaba a justificar las consecuencias de la guerra, ninguna… y, sin embargo, los seres que se autodenominaban inteligentes se empeñaban una y otra vez en acudir a ella como medio para solucionar conflictos, resolver disputas o simplemente satisfacer sus ambiciones personales.

La guerra civil había acompañado a los habitantes de Ásylon desde mucho antes de que Chrysaor naciera. Lo más lamentable era que aquella lacra había sido originada precisamente por la que debía evitarla a toda costa: Avarya, la ninfa que se convirtió en arqueonte y que llegó a olvidar su vocación luminosa para transformarse en la mayor fuente de oscuridad que jamás hubiesen padecido sus protegidos.

El advenimiento de un arqueonte es motivo de júbilo en cualquier dimensión, puesto que el individuo bendecido por el Gran Hacedor con tal condición procura el bienestar y la felicidad de sus habitantes. En realidad, a la investidura de Avarya le sucedieron miles de años de prosperidad, pero, en algún momento, la arqueonte perdió su vocación de servicio y, con ella, el favor del Ser Supremo. La inmortal tenshi se centró cada vez más en sí misma, en sus deseos y caprichos, volcándose en empeños megalómanos y veleidades dañinas para Ásylon y sus habitantes.

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